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cacaaracoles! mi canario! la mama-la mama- la mascota que siempre desee
Naturaleza de Xusenet
v.4.51
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Ad te suspirimus - Antonio Vivaldi
La nota musical muestra una lista de melodías disponibles
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¿Que hora es?
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(Son un total de: 151 melodías clásicas.) |
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Por Vitus B. Dröscher.
l día 20 de enero de
1977, mientras hacia el recorrido entre dos
aldeas del monte Epiro, el cartero rural
Achilles Samaros fue rodeado por una manada
de seis lobos hambrientos. En el mismo
momento en que iba a ser atacado por las
fieras se le ocurrió la idea salvadora:
tomó el cuerno especial que forma parte del
equipo de los carteros rurales griegos, y con
el que anuncian su llegada en el campo y las
aldeas comenzó a hacer sonar las notas
oficiosas <Ta-ta-ra-rí, el cartero esta
aquí> que resonaron por el aire helado de
la montaña. Los lobos empinaron las orejas,
se quedaron quietos durante un momento y
después se alejaron de allí sin haber
tocado un solo pelo del cartero.
¿Confirma este suceso verídico el antiguo
proverbio alemán que dice que <hay que
aullar con los lobos> si se desea escapar
sano y salvo cuando uno se ve en peligro de
ser atacado y devorado por esas fieras que
tan peligrosas resultan cuando, hambrientas,
se lanzan a cazar en manada?. Dos expertos
zoólogos que durante muchos años vivieron
entre los lobos salvajes de Alaska, Cris
Crisler y su esposa Lois, han investigado el
caso con todo lujo de detalles desde el punto
de vista científico. Sus sorprendentes
decubrimientos podrán comprenderse mejor si,
previamente, se sabe lo que significa ese
impresionante concierto coral de los lobos
salvajes en la blanca noche polar.
Lois Crisler ha descrito ese coro de aullidos
calificándolo de un auténtico placer
musical verdaderamente escalofriante: <A
eso de la media noche fuimos despertados por
los aullidos de los lobos. Es posible que su
canción sea la más hermosa composicion
musical del mundo animal. Las dos voces del
coro se alternaban incesantemente; se
elevaban y descendían siempre acordes, nunca
al unísono, pero jamás disonantes. Los
intervalos musicales se alternaban en
terceras y quintas. A veces se escuchaba un
tono larguísimo y prolongado que brotaba
únicamente de la garganta de uno de los
lobos, mientras que las voces de los otros
realizaban verdaderos adornos y figuras de
acompañamiento. Los sonidos, que recordaban
a los de un cuerno de caza, eran totalmente
puros. Una y otra vez, los lobos se detenían
de improviso y durante unos instantes reinaba
un profundo e impresionante silencio, que los
animales parecían escuchar con atención.
Sentimos cómo nos envolvía un terror
opresivo ante el impenetrable y misterioso
salvajismo de aquel coro a dos voces.>
¿Se trata de un canto de guerra, de un medio
de transmitir información --como lo fuera
antaño el sonar de los tambores de los
negros en las selvas vírgenes de Africa-- o,
simplemente, de la expresión de unos
sentimientos, como lo son las canciones de
los seres humanos? No es necesario buscar
respuesta. Lo más probable es que el aullar
de los lobos cumpla esas tres funciones. Y
aquel que comprende el lenguaje de los
animales está en condiciones de separar y
distinguir entre sí cada uno de esos tres
significados en la canción de los lobos.
En el invierno, cuando las presas escasean,
los veinte o treinta lobos que por lo común
componen una manada, emprenden, primero
individualmente, expediciones de
reconocimiento por un extenso territorio de
caza de unos mil kilómetros cuadrados. Tan
pronto como alguno de esos exploradores
descubre el <rastro caliente>, es
decir, aún fresco, de un reno o un alce,
lanza al aire una señal, un aullido, que es
escuchado por los demás componentes de la
manada, aún que se encuentren a gran
distancia, y que los convoca para que acudan
a participar en la cacería.
Del mismo modo, cuando un lobezno o un animal
joven de la manada se ha perdido, o cuando un
miembro de la jauría se ve en peligro y
necesita ayuda, pide auxilio con otras
señales acústicas características. Todos
los que las oyen saben de inmediato quién es
el que llama y qué le ocurre. Los lobos le
responden entonando a coro su canto de guerra
y se apresuran a acudir en ayuda de su
compañero para salvarlo del peligro. A
partir de esa respuesta al compañero en
estado de necesidad, se desarrolla el llamado
<coro de la comunidad amistosa>. El
doctor Erik Zimen, un sueco-alemán que se ha
especializado en el estudio de los hábitos y
costumbres de los lobos, informa: siempre que
en una manada se extiende un estado general
de mal humor, un sentimiento de derrota o
decaimiento y reina una época de rivalidad y
enemistades acentuadas, que envenena el
ambiente, el jefe de la manada entona ese
<coro de aullidos>, como lo llaman los
especialistas. De inmediato todos los demás
miembros del clan intervienen en el coro.
quellos que se
encuentran alejados de la manada se aproximan
a ella y, como en una danza social
ritualizada, se establece un <contacto
mutuo> entre los asistentes. Todos
participan en ese contacto recíproco entre
sí, pero al hacerlo se deben respetar de
manera rigurosa todas las reglas de la
etiqueta lobuna. Los individuos de rango más
inferior tienen que rendir humilde pleitesía
al jefe y sólo pueden acercarse a él con el
rabo entre las patas, y colgando
amistosamente. Los de rango más elevado
pueden llevar el rabo alzado como en espera
amistosa. De ese modo, gracias al canto en
común, pronto se restablece en la familia un
ambiente de cordialidad, amistad y alegría:
<Allá donde oigas cantar puedes acercarte
tranquilo.>
Se ve claramente que el coro de aullidos de
los lobos responde, también, a una necesidad
interna, como la expresión colectiva de los
sentimientos. En ocasiones hasta una simple
insinuación, un impulso, para que todos
empiecen a cantar. El doctor Zimen informa,
igualmente, de una manada de lobos del Parque
Nacional de Baviera que cada mediodía, a las
doce en punto, cuando sonaba la sirena de un
aserradero de las proximidades, todos los
lobos sumaban sus aullidos al sonar de la
sirena. Y lo mismo ocurría cuando escuchaban
la sirena de los coches de los bomberos.
Durante alguno de sus paseos, con sus
aullidos fingidos el doctor conseguía que
aquellos lobos que se habían alejado del
grupo recuperaran su tendencia social y
volvieran a incorporarse a él. En Alaska,
cuando el matrimonio Crisler no sabía dónde
estaba su manada, comenzaban a aullar como
los lobos y muy pronto recibían la respuesta
a coro desde la lejanía. La luna, desde
luego, nada tiene que ver con las ganas de
aullar de los lobos, y no es a este astro al
que le dedican su canto.
El auténtico experimento que probaría que
es cierto que los seres humanos pueden
despertar sentimientos amistosos en los lobos
si aullan como como ellos lo realizaron: Cris
y Lois Crisler, aún que de manera totalmente
involuntaria y con gran peligro para sus
vidas. Durante una excursión por unas
montañas solitarias fueron a dar en el
territorio de caza de una manada de lobos que
les era completamente extraña.
Una noche, aquella manada desconocida se
presentó ante ellos: doce lobos rodearon la
tienda de campaña de lona, incapaz de
reistir al ataque directo y masivo que
aquellos lobos parecían dispuestos a
realizar. El matrimonio, como era natural en
ellos, no llevaba armas de fuego. En esos
momentos, a Lois Crisler se le ocurrió la
idea y comenzó a aullar imitando el canto de
auxilio de los lobos de modo tal que podía
hacer latir los más duros corazones. A sólo
unos metros de ellos estaban los lobos
desconocidos, gruñendo ferozmente y
mostrándoles sus poderosos dientes desnudos
y amenazadores. Los animales no podían tener
la menor duda de que, frente a ellos, aquello
que aullaba era un ser humano, es decir, una
<presa>. Y, sin embargo, todos se
pusieron a corear los aullidos de Cris
Crisler y muy pronto estuvieron echados a sus
pies, dóciles, como antaño las fieras
salvajes de Orfeo. Al cabo de algún tiempo,
los lobos se alzaron y, en silencio, se
alejaron de allí perezosamente.

Extraído del libro:
Hay que aullar con los lobos. La singular
veracidad de los dichos sobre animales.
(título original: Mit den Wölfen
heulen).
Editorial Planeta S.A.,
Barcelona, España
Primera edición: noviembre de 1984.
Primera reimpresión (México): Febrero
de 1985.
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